Depósitos de viejos
Mientras asistimos diariamente al parte de fallecidos, contagiados y curados por el coronavirus, hay un drama que va más allá de la pandemia: las muertes en residencias de ancianos.
Aunque ahora no lo apreciemos, el coronavirus no es sólo una pandemia: es una revolución. Las revoluciones no tiene porque subvertir el orden social; a veces, y no es poca cosa, operan mostrando las miserias y las deficiencias del colectivo. Y eso está haciendo el El Covid-19, que no se está conformando con matar y encerrarnos en casa para sobrevivir. También está haciendo saltar las costuras de nuestra sociedad mientras nos saca los colores como comunidad. Porque uno de los sucesos más sonrojantes para nosotros es que nos ha mostrado como tratamos a nuestros ancianos.
Las cifras son terribles: según RTVE, más de 16.600 ancianos han muerto en residencias a causa del Covid-19 hasta el 1 de mayo. Y, aunque nos guste pensar que la causa de estos números es puramente vírica, y que el coronavirus es un despiadado asesino de mayores y que era inevitable, no es así: la causa es social y la responsabilidad de este drama, nuestra. El virus sólo es un virus. No es un enemigo, como se nos repite hasta la saciedad usando lamentables símiles bélicos que nos enardezcan. Es un virus, y los virus no son malos ni buenos, amigos ni enemigos. Los virus no son asesinos, como tampoco lo son los volcanes, los tornados o las inundaciones. Son virus. Los que somos buenos o malos somos nosotros, las personas y las sociedades. El virus no estraga a los ancianos sólo por que sean mayores y más vulnerables; los mata porque como sociedad hemos fallado y les seguimos fallando. Y si no, miren las cifras: 16.600 muertos sobre un total de 24.824 (datos oficiales del Gobierno español a 1 de mayo de 2020). Grosso modo, el 66%. Dos de cada tres víctimas del coronavirus son ancianos en residencias. Mediten sobre esto. Las medidas de confinamiento por coronavirus más duras aplicadas en una democracia (China es caso aparte, y bien merece otro artículo), se han dirigido al colectivo que concentra un tercio de los muertos, que somos aquellos no internados en residencias. Y, en cambio, ¿qué se ha hecho para salvar al colectivo que se lleva la parte del león de los fallecidos? ¿No habría que dedicar más atención a quien más muere? Y esto nos lleva a otra pregunta: ¿cuáles son las verdaderas intenciones del confinamiento? No me malinterpreten: el confinamiento era y es necesario. Pero esta dureza no se ha visto que se traslade a quien más la necesitaba: a los ancianos. Por tanto, si las medidas confinatorias se hubieran adoptado sólo para salvar vidas, se habrían aplicado con la misma severidad a todos los colectivos, incluyendo los que más lo necesitan: los mayores. Y estos han sido, precisamente, los más desatendidos. Por tanto, algo de maquillaje de una mala gestión previa al confinamiento hay en todo esto. Pero no nos adelantemos. Eso lo dejamos para otro artículo.
Y para terminar, déjenme decirles algo. El virus no mata ancianos: mata viejos. Porque en viejos convertimos al padre o a la abuela cuando los depositamos en una residencia porque nos molestan. Y en viejos los convertimos cuando vemos en las noticias el trato deplorable que muchas residencias les dispensan y nos da lo mismo. Y ahora los convertimos en viejos cuando seguimos mirando para otro lado porque nos saca los colores y es más fácil salir al balcón a cantar el Resistiré. O porque no nos importa. Si no, díganme cuántos días se ha salido a las ocho para aplaudir a los ancianos en residencias. Yo, tras una somera búsqueda, no he encontrado ninguno. Se ha aplaudido a los niños, a los sanitarios, a los camioneros, a las cajeras, o a los empleados (esta tiene guasa) de las residencias. Pero nunca a los ancianos de las residencias que, recuerdo, suman dos de cada tres muertos y han fallecido solos sin que, en muchos casos, se hayan recogido sus cadáveres durante varios días hasta la llegada del Ejército. Piénsenlo cuando canten el Dúo Dinámico esta tarde.
No sé si esto nos hará recapacitar como sociedad y reconocer a nuestros mayores el papel heroico que están jugando en esta pandemia. Sinceramente, no lo creo, como no creo que todo esto nos vaya a hacer mejores, como piensan algunos ingenuos. No sé si después de todo esto, finalmente, los depósitos de viejos donde hoy arrumbamos a nuestros mayores se convertirán en residencias de ancianos.
Suscribo todo los que escribes sin reservas.
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